domingo, 21 de marzo de 2021
ALEJANDRO PASCOLINI - "LA VERDAD EN CUARENTENA"
Puntualmente, la presente contribución intenta dar cuenta de manera específica de las estrategias de abordaje de la problemática del Covid-19 por los medios de comunicación (T.V., radios, diarios, redes sociales, etc.) indagando la tendencia general del discurso me-diático, articulando los enunciados que sostiene este discurso con el concepto de verdad.
Entonces, se hace necesario explicitar que entendemos por ver-dad, término en desuso y cada vez más vilipendiado en la sociedad actual.
Concebimos la verdad, en principio, como un valor que en la época actual es referido como un dato relativo e incluso intrascendente. Es que la verdad no genera ganancias económicas y la lógica de su revelación no se ajusta convenientemente al modo de comprender la existencia que orienta cotidianamente nuestra mirada donde es crucial aprovechar el tiempo para lograr un mayor patrimonio y no para saber acerca de cómo nos relacionamos con el otro.
La verdad es por definición social; no hay verdad individual ya que para constituirse necesita del lenguaje y de los discursos que en cada momento histórico establecen lo posible y lo imposible a la hora de entender la realidad, siendo lo verdadero (esto es lo más importan-te) aquello que subvierte en este diseño epocal político, económico y fundamentalmente discursivo toda concepción que sustente el sometimiento social.
La verdad es, como tal, subversiva y desbarata todo enunciado que se pretenda hegemónico, la verdad se despliega en la sublevación al dogma dominante.
Si bien es imposible acallar la verdad, cuando no se la puede leer inteligentemente (la falta de inteligencia es el motivo más grave del fracaso de las causas más nobles) irrumpe produciendo angustia y desorientación.
Abordando puntualmente el tema de los medios de comunicación y sus maniobras informativas respecto del Coronavirus, el trabajo fundamental que ellos realizan es el de distraernos de la verdad. Operación de escamoteo que se evidencia (salvo escasísimas y perseguidas excepciones) en el carácter natural, incuestionado e inmodificable (tanto en medios progresistas como en conservadores) que se le otorga al hecho de que las consecuencias del accionar del virus van a recaer sobre la clase trabajadora y los desocupados.
Pareciera que para la enorme masa de comunicadores es una ley de la naturaleza o un mandato divino que las clases más desposeídas son las que deben pagar las consecuencias de la pandemia, omitiendo sistemáticamente que si colapsan los sistemas de salud, aumenta el desempleo y crece la pobreza no es por la irrupción de la existencia de un virus, sino por la históricamente injusta distribución de la riqueza y el ingreso y que la pandemia sólo hace más evidente un estado de cosas ya existente.
Estamos en una situación de urgencia global, en vez de acallar el hecho de la obscena distribución de la renta naturalizando los efectos de la monstruosidad que esto implica ¿no sería acaso mucho más “sano” plantear que quienes se benefician y se beneficiaron con la explotación y la usura paguen las consecuencias del hambre y el “parate” de la producción debido a la cuarentena?
Los medios de comunicación en su tendencia general y por su odio a la verdad dirigen el sentido de su discurso a acentuar que quienes siempre se sacrificaron con su trabajo en beneficio de las ganancias de otros ahora deben sacrificarse mucho más debido a las contingencias presentes.
Incluso quienes se presentan más cercanos a ideas de izquierda hablan de un impuesto a los ricos que por ejemplo decantaría en mejoras para el servicio de salud, pero no discuten el carácter mercantilista, parasitario y negligente de ese sistema. Si funcionase el sistema de salud en pos de la salud y no de las ganancias de unos pocos se podría solventar eficazmente los gastos necesarios para prevenir y contener los efectos del Covid-19 sin necesidad de apelar a “millonarios solidarios”, oxímoron que muestra hasta qué punto la ingenuidad es la mentira con pereza de pensamiento.
En articulación con lo anterior pueden observarse (especialmente en la televisión) mensajes cargados de “indignación selectiva”: periodistas, conductores y animadores que se indignan porque un trabajador salió de su casa a realizar una “changa” pero se le otorga un espacio de tiempo y de atención infinitamente menor cuando una empresa multinacional decide expulsar a buena parte de sus emplea-dos, acción inconmensurablemente más grave en términos de salud (si es que eso les interesa) que la primera.
Dicho sea de paso, quién se ofusca por la “violación de la cuarentena” lo hace desde un estudio de televisión, lo cual implica que también salió de su casa, pero sabemos que quién tiene más poder de opinar (en esta lógica hipócrita mediática) tiene más razón.
En este sentido, la búsqueda de “chivos emisarios” es un conocido mecanismo estudiado por la psicología social donde a alguien se le adjudica la causa de un complejo entramado de problemáticas, operación que se efectúa en función de “no querer saber” acerca de la ver-dad en juego que atraviesa el tejido social en lo concerniente a de-terminados temas que es preciso callar para que todo siga igual y sin cambios.
Como podrá observarse mi análisis se centró en cómo se aborda el tema que nos ocupa tomando como eje los medios de comunicación y su adicción a la mentira.
Esta limitación en el análisis (sólo hablamos de cómo se natura-liza la mentira cuando se habla del virus y como se degrada el valor de la verdad en este mecanismo) me parece digno de ser acentuado, ya que también la omnipotencia de la posición mediática con los “opinó-logos” de turno a la cabeza que hablan de todo: medicina, infectología, economía, política, sociología, etcétera, sin saber de nada, es algo que también nos aleja de la verdad, ya que la verdad no habla de lo que no sabe…
JORGE RACHID - "SE GLOBALIZÓ LA PUJA GEOPOLÍTICA: UNIPOLARISMO-MULTIPOLARISMO"
"No debemos cambiar de collar: debemos dejar de ser perros". Arturo Jauretche
Desde la caída del Muro de Berlín y el hegemonismo de EE UU, autodeclarado vencedor de la Guerra Fría, el mundo vive una situación de tensión y conflicto, en la cual el surgimiento de nuevos actores comenzó a cuestionar dicha posición.
Desde los años de la dupla neoliberal mundial, Reagan-Thatcher, los escenarios de las guerras bélicas, comerciales, culturales, económicas y financieras se desarrollaron en terceros escenarios, alejados de la metrópolis en cuestión. En ese entonces Bagdad quedaba lejos de Washington; Kiev, periférica a la Unión Europea; Filipinas, entre China y la VII Flota de EE UU. Damasco atrapada entre Turquía y las operaciones de la CIA, el Mossad y el M16 inglés, armando el ISIS, además de Libia y Yemen devastados, arrasados por petróleo y por el control del Estrecho de Ormuz en el segundo caso, junto a la agresión permanente a Irán.
América Latina navegaba en el mundo multipolar, a partir del cambio del mapa geopolítico de la región, desde la Unasur y la Celac, que a través del BRICS, abrían a Oriente las compuertas comerciales, hecho intolerable para un EE UU sediento de conservar su “patio trasero”, sin la entrada de nuevos jugadores, en especial Rusia y China. Entonces comienza su contraofensiva boicoteando, golpeando, destituyendo, bloqueando a los países de nuestra región, que se atrevieron a cruzar esos supuestos límites, impuestos por el coloniaje del Imperio.
Eso es colonialismo, que en el caso de nuestro país, se asienta aun más, al comprobar cómo el escenario de guerra se traslada al Atlántico Sur, desde la posición colonial Malvinas, base de la Otan, con despliegue hacia el territorio antártico. Con la consecuente depredación marítima, los pasos interoceánicos y la futura explotación del único continente no agredido en sus entrañas, que es la Antártida, que posee riquezas desde combustibles fósiles a litio, oro y otros minerales necesarios para las nuevas y viejas tecnologías. Además del preciado oro del siglo XXI: el agua dulce de su casquete polar.
La pandemia, como hecho global de crisis sanitaria, modificó todos los escenarios anteriores y puso al mundo en su totalidad bajo ataque, ya no hubo terceros escenarios de lucha contra el virus. Todo lo inundó. Pero como siempre, los pueblos, sus sectores más humildes, son quienes sufren las peores consecuencias. Incluso los que hasta ayer no sabían nada de Medio Oriente, ni dónde quedaba, como se trata del pueblo norteamericano, que ahora comienza a ver morir a sus compatriotas –imágenes que antes llegaban del exterior–, víctimas de guerras incomprensibles.
Por la pandemia, en gran parte, las muertes fueron sin asistencia médica en EE UU, pese a tener, por una inyección económica impresionante, un despliegue militar en el mundo de 1100 bases militares que, por el virus, quedaron paralizadas en sus operaciones.
Hubo 2 millones de muertos en el mundo 2020 por la pandemia. Las contabilizaciones macabras se pusieron día a día en tapas de todos los medios. Esas víctimas no alcanzan aún los 2,5 millones de muertos en los últimos 15 años de guerras y destrucción de ciudades y monumentos históricos. Muchos de ellos provocados por las agresiones coloniales en terceros países, siempre en nombre de “la libertad y la democracia”.
Agregamos 4,5 millones de desplazados, que solo se muestran como pobre gente, que huye de la miseria por el Mediterráneo, por la actitud cómplice de los medios hegemónicos que nunca explican las causas.
Esa crisis civilizatoria, desnudada por la pandemia, cambia los ejes geopolíticos mundiales, al realinear las fuerzas, desde donde emerge con firmeza el mundo oriental por sobre la hegemonía occidental. Y lo hace tanto desde el punto de vista económico como tecnológico, además del militar. Se terminó un ciclo de visión occidental de la vida, del mundo y de las cosas. Se derrumbó la mirada hegeliana de la historia. Se reconstruye la memoria viva de 7000 años de experiencia, enterrados por la prepotencia cultural del mundo occidental de fijar la historia desde los 2400 años con imposiciones religiosas y monárquicas, siguiendo luego con el capitalismo y el neoliberalismo.
Podemos preguntarnos si el mundo será mejor o peor después de esta pandemia –sumada al calentamiento global–, anticipo de posteriores, si los seres humanos no somos capaces de recuperar la Humanidad como experiencia planetaria al servicio antropomórfico biocéntrico, y que nos enamore nuevamente respecto del cuidado de la naturaleza. La catástrofe ecológica se aproxima a pasos agigantados y nos está dando muestras: en medicina lo llamaríamos síntomas y signos del enojo de la Madre Tierra.
Esa Matria, que el pensamiento americano, mestizo, moreno, criollo profundo de nuestra Patria Grande, siempre ha desarrollado en paz, contribuyendo al respeto de la naturaleza a pesar de las agresiones coloniales del norte hegemónico que invadió 33 veces países de la región y, a la vez, bloqueó y sometió a pueblos y gobiernos durante los siglos XIX, XX y XXI, desde una concepción anglosajona imperial.
La imagen de un futuro modelo de solidaridad social activa entre los pueblos de Latinoamérica lo demuestra hoy una Venezuela bloqueada, que envía oxígeno al Manaos de un Brasil arrasado; la producción de vacunas en Argentina para 150 millones de latinoamericanos junto con México; el gas boliviano a nuestro país; la recuperación de Mercosur y próximamente de la Unasur. Se impone ejecutar la apertura al mundo desde nuestra identidad, sin claudicaciones, en nombre de esquemas macroeconómicos y realizar muchas menos colonizaciones culturales, que intentan borrar la memoria de los pueblos, como hizo el neoliberalismo dominante.
De cada crisis surge una oportunidad y la pandemia lo ha permitido, al desnudar los verdaderos rostros de un mundo invivible, brutal e inhumano, que habíamos naturalizado y que está carcomiendo las bases de la humanidad tal cual la conocimos hasta ahora. Si seguimos haciendo lo mismo, obtendremos los mismos resultados: la Madre Tierra nos está avisando. De cada crisis surge una oportunidad y la pandemia lo ha permitido, al desnudar los verdaderos rostros de un mundo invivible, brutal e inhumano, que habíamos naturalizado y que está carcomiendo las bases de la humanidad tal cual la conocimos hasta ahora. Si seguimos haciendo lo mismo, obtendremos los mismos resultados: la Madre Tierra nos está avisando.
ROBERTO MARRA - "COMUNICACIÓN POPULAR O DOMINACIÓN"
Hay una “especie”, que casi podría denominarse “sub-humana”, por su particular desprecio por sus congéneres más débiles, que anda por la vida sembrando maldad y desánimo, agresividad y abandono, pesimismo y angustia, bases primordiales de sus compartamientos (anti)sociales, sostenes de sus cólicos mentales, derrame de sus perversidades siempre ocultas con resbalosas pátinas de culpabilidades ajenas, aceitosas maneras de referenciar a sus enemigos de clase, que a veces, inclusive, puede ser la suya propia.
Odiadores por antonomasia, no se resignan jamás a dejar de exaltar sus atributos y denigrar los de sus enemigos ideológicos, siempre observados como los “sucios, feos y malos” que les impedirían desarrollar sus supuestas y vanidosas aptitudes, que no son más que malas copias de realidades de quienes les dominan a ellos y al resto de la sociedad.
Acostumbrados a conducirse con tales prerrogativas, derivadas de sus necesarias complicidades con el Poder que los apaña para servirse de sus engreimientos insustanciales, son el caldo de cultivo para desarrollar cuanta actividad irracional se les proponga desde esos viciosos sitios de las redes enredadas en la madeja del latrocinio neuronal, sumados a los ridículos pero efectivos “análisis” de los peores periodistas que fungen de sabiondos intelectuales televisivos.
A veces ocultos detrás de disculpas economicistas, otras tantas escondidos en las madrigueras de “conocimientos” que no resisten análisis concienzudos, atacan a sus odiados con el fervor de los inútiles que avisan de sus cobardías con los gritos y los ruidos de las mismas cacerolas puestas “de moda” desde los oscuros días previos al asesinato de Allende en Chile. A partir de allí, esos adminículos de cocina dejaron de ser lo que eran, para convertirse en símbolos de lo antipopular, justo lo contrario de sus orígenes alimenticios del pobrerío.
Nunca les faltarán disculpas para hacer sus ruidos incoherentes con la realidad. Les sobran motivos cuando gobiernan representantes parecidos al Pueblo que tanto odian. Les produce tirria escuchar las verdades y gozan con las mendacidades que reproducen hasta el paroxismo sus ídolos del barro mediático que sostienen sus pobres pensamientos. Se satisfacen observando las riquezas envidiadas a los opulentos ricachones, soñando con alcanzar tales fortunas adhiriendo a sus monsergas repelentes de pobres y miserables.
Son muchos, demasiados, para una sociedad que supo algunas veces generar auténticos líderes que conjugaron el espíritu libertario de esta Patria desvencijada por la infamia de los ganadores de la primigenia contienda que la originara y sus continuadores de nuestros tiempos. Mantienen su herencia maldita de odios, insensibilidades y desprecios, atentos a cuanta fantasía clasista se les proponga, regocijados con las maldades de los poderosos, que creen que no les alcanzarán hasta el segundo antes de sus abandonos.
Son contagiosos como los peores virus, desatan la enfermedad que impide alcanzar la más mínima dignidad a sus compatriotas (¿o solo son “vecinos”?). Empujan la realidad hacia el abismo que los entusiasma, agarrados de los ropajes fastuosos de sus patrones ideológicos, quienes se asegurarán de sacudírselos cuando llegan a la orilla del que siempre suponen el fin de la historia. Aún allí, serán obsecuentes hasta su propia muerte, tan cobardes y brutos como sus “maestros” del odio xenófobo y racial.
Renacen ante cada adversidad popular, se valen de la bestial capacidad mediática del Poder Real, se alimentan de sus perversiones, sirven de eco a las campañas maliciosas que se promueven a sabiendas de sus alineaciones instantáneas. Aprovechan las debilidades de un Pueblo que parece estar siempre a la defensiva, abroquelado detrás de sus ideas nobles y justas, pero aplastadas por la pesada maquinaria comunicacional que las destrozan cada día.
Va siendo hora de la reacción en cadena (nacional), llegó el tiempo del ataque frontal y la estrategia mediática propia. Es ahora cuando la capacidad intelectual y la base moral de los conductores políticos y sociales se debe hacer notar, promoviendo acciones que vayan más allá de las simples declaraciones en los medios, que luego las destrozan durante las veinticuatro horas en millones de pantallas encendidas en sus sucios medios.
Casi no queda ya margen para escribir la otra historia, la mil veces tergiversada, la bicentenaria promesa de nuestros ancestros, la necesaria, dolorosa pero imprescindible hazaña de convertir este territorio plagado de traidores, en la Patria que sepa conjugar los sueños escondidos en una mayoría que, hasta ahora, solo supo esperar. Ahora deberá ser capaz de levantarse ante el enemigo más feroz, para acabar con sus poderes y licuar las falacias de los idiotas que se creen más de los que nunca serán. Deberá hacerse con la palabra distinta, la observación sagaz, el análisis honesto de los mejores hombres y mujeres que entiendan la comunicación como el servicio esencial para derrotar la mentira programada, el arma del terror mediático que, a partir de allí, nunca más podrá dominarnos.
SUSANA SOLANES: "LOS SIMBOLISMOS DEL MARTÍN FIERRO EN LEOPOLDO MARECHAL"
La obra de Leopoldo Marechal, vasta y
profunda, es la de uno de los escritores más osados y originales y también, más rebeldes de la
vanguardia martinfierrista. Sus preocupaciones intelectuales, que tantos agravios le acarrearan en su tiempo al autor, dan
fe de la defensa del ser nacional y latinoamericano.
Marechal abre este ensayo, que él leyó en 1955
en la entonces Radio del Estado, manifestando su consideración a la obra de
José Hernández, no tanto como obra de arte, sino en base a los valores que
contiene.
Sobre estos valores, que trascienden los
límites de la obra de arte, Marechal inscribe al Martín Fierro como una obra
que se constituye en el paradigma de un pueblo, como lo fueron las epopeyas
clásicas, en la manifestación de su potencial interior, en fin, en la imagen de
su destino histórico.
El autor de estas reflexiones plantea dos
enigmas con respecto a la obra de Hernández. El primero se refiere al modo de
su difusión inicial y el segundo a las primeras interpretaciones de la obra.
El Martín
Fierro entra en la historia argentina, en su momento justo cuando después de la
guerra independentista y los enfrentamientos internos, el país se esfuerza por
constituirse como una nueva y gloriosa Nación, en búsqueda de un merecido
destino de grandeza. Hay en el libro, un mensaje lanzado al futuro y una
profecía que involucra al destino de la Nación.
Porque el libro, es mucho más que un relato de
desventuras personales, ya que contiene advertencias que luego se convertirían
en anuncios de sus simbolismos. ¿Cuál es el mensaje del Martín Fierro y a quién
va dirigido?
Según Marechal, es un mensaje de alarma, un
grito de alerta nacido de las entrañas mismas del ser nacional, porque el país,
desgraciadamente no se ha iniciado bien. Porque en sus primeros actos ejerciendo la libertad, se ha comenzado con la enajenación de lo
nacional en sus aspectos materiales, morales y espirituales.
Este drama que nuestro país inició a partir de
la segunda mitad del siglo XIX, es una situación que deber ser analizada
especialmente para denunciar a los que se constituyen como los responsables de
este hecho. Ya que el mensaje está dirigido a todos los argentinos, se plantea
Marechal otro punto que lo desvela, el que atañe a la difusión inicial del Martín Fierro.
Existen en ese tiempo, una clase dirigente y
una clase intelectual, las cuales lo ignoran o lo aceptan simplemente como un
hecho literario, cuando el libro de Hernández está buscando hacer llegar su
mensaje a todo el pueblo.
La clase dirigente manifiesta ya un notorio
desprecio hacia lo nuestro, y la clase intelectual busca en otros horizontes,
especialmente en Europa, su materia creativa y de reflexión. Un silencio
cómplice, rodeó en sus inicios a esta obra y entonces no le quedó otra
expectativa a cumplir que acercarse al alma de aquellos, de los cuales salió la
obra: el pueblo mismo, el del paisano sufrido y humilde. Y el Martín Fierro es
recibido por los gauchos, por el pueblo,
en modestas ediciones y papel sencillo para mantenerse en un emotivo vínculo
con los que estaban ya siendo olvidados en la formación de la República, con
los que comprendían realmente lo que
significaba el “ser nacional” y eran injustamente olvidados en su tiempo.
La obra pues, por el mero hecho de las
circunstancias vividas, abandona las ciudades que lo miran con extrañeza y
vuelve a la tierra de donde surgió. Las rústicas ediciones circulan en las
pulperías y en los almacenes de campo y son leídas al paisanaje, por los pocos
que saben leer. Y son escuchadas con la veneración de quienes reconocen que por
primera vez, alguien los interpreta y los lleva a la tribuna pública. Los saca
de ese lugar menesteroso y hambriento que ellos conocen muy bien, e ilumina el
rastro para conducirlos por la senda del devenir de la Patria.
Y aquí llega, lo que para Marechal se refiere
a las primeras interpretaciones del Martín Fierro. Cuando regresa a la ciudad,
el ambiente que lo rodea es otro, es el de la incomprensión, ingenua de parte
de algunos y deliberada de parte de otros. Porque muchos conocen esta realidad
que late en sus páginas, pero están deseosos de que esta verdad no sea
conocida.
Para algunos, Martín Fierro es el prototipo
desgraciado del gaucho, producto híbrido del indio y del blanco que heredó de
los dos solamente los defectos y ninguna virtud, y por esto mismo, destinado a desaparecer. Para
otros, es el inadaptado a la civilización, en permanente rebeldía contra las instituciones,
en su desapego al trabajo y amor a la vida errante. En su goce hacia el
homicidio. En aquella época, está viviendo el país la euforia del Progreso con
mayúscula y Martín Fierro es un desertor de esa posibilidad, un elemento hostil
y peligroso. Sin embargo, el gaucho Fierro había enunciado sus virtudes de
trabajador, de hombre pacífico, amante
del orden, de la familia y de la religión: "Yo he conocido esta tierra /
en que el paisano vivía / y su ranchito tenía / y sus hijos y mujer / Era una
delicia el ver / cómo pasaba sus días".
La vida de Martín Fierro era, como la de
cualquier gaucho la de un hombre afincado en la pampa, ya con el instinto de la
propiedad y del trabajo, ensimismado en su fe religiosa y dueño de una
riquísima filosofía, enriquecida por la
experiencia y el consejo de otros. De pronto, algo sucedió para que ese hombre
manso y trabajador, respetuoso del orden y amante de la familia, se convirtiera
en un peligro para la sociedad.
Lo que sucedió fue que otro estilo de vida
había entrado al país y desplazaba al gaucho. Y frente a esa invasión foránea,
Martín Fierro es el hombre de la rebeldía y de la lealtad. Lealtad al estilo de
su pueblo, al ser nacional que está siendo atacado y confundido.
El Martín Fierro es, como todas las epopeyas
clásicas, la gesta de un pueblo. Y en toda gesta hay un héroe. ¿Quién es el
héroe de este relato? En el sentido literal es el gaucho de nuestra pampa. En
el sentido simbólico, es la conciencia nacional en un momento crítico de
nuestra historia. Es el pueblo de la Nación, que recién sale de las guerras por
la independencia y de sus luchas civiles y se apresta a realizar su destino
histórico. Este destino está determinado por el ejercicio de la libertad, caracterizado por un estilo
propio de vivir, por una tradición, una ética del hombre y una filosofía de la
existencia. Es en este momento que el pueblo se enfrenta ante un hecho
desconcertante: los que han tomado la dirección del país manejan las cosas en
lo material y en lo espiritual. Y este nuevo estilo de vida que reina en el
país, ha de lanzarse agresivamente contra el estilo auténtico del ser nacional.
Esta agresión se traduce en los infortunios
que sufre el gaucho Fierro. Si ante los ojos de algunos es el gaucho
inadaptado, peligroso, indeseable, realmente se configura como el símbolo de todo un pueblo al que se le roban
las posibilidades de un futuro venturoso. Fierro lucha pero al fin, es vencido,
y debe refugiarse en el desierto.
¿Qué significa para Marechal esta huida del
gaucho hacia el desierto? Significa que, por primera vez en la historia, el pueblo no es
el actor y protagonista de su destino. Expulsado del ámbito donde se
desarrollan las acciones de la historia, asiste como un lejano espectador del
drama que es el suyo propio.
El calvario del gaucho Fierro no termina todavía, ha de verse privado de la presencia de su único amigo, el sargento Cruz, y como triste consuelo, se aferrará a la tierra de la sepultura donde yace su compañero. Y luego, sucede algo que llena de significación al poema: estando un día Fierro en esa situación, escucha los lamentos de la Cautiva. Entonces, se produce la reacción del gaucho porque ve en esa mujer, martirizada y humillada, el símbolo del ser nacional, enajenado y cautivo como ella. Marechal intuye que en el rescate de la Cautiva, Fierro está comenzando el rescate de la Patria que vuelve con él desde el destierro. A partir de allí, Fierro comienza a buscar las noticias del mundo que debió abandonar y en el encuentro con sus dos hijos, observa que los males del país se han agravado.
Entonces aparece un personaje
novedoso: el Viejo Vizcacha. Ante la crítica que se le hace con respecto a que
en él se ve la manifestación de ciertos valores negativos imputables al ser
nacional, Marechal ve al individuo que, desertando de su propio estilo,
manejando una triste filosofía de vencido, se adapta al estilo invasor y se hace
su cómplice para sobrevivir. Pero esto, lejos de alejar a Fierro de su
propósito, lo determina con mayor firmeza y esto se observa en la despedida que
hace a sus dos hijos y al hijo de Cruz. Y lo que les transmite, a modo de
consejo, es la ética del ser nacional y su filosofía de vivir para que los
muchachos las practiquen en el futuro.
Y hay en las últimas estrofas el señalamiento
de una misión: “Después a los cuatro vientos / los cuatro se dirigieron / una
promesa se hicieron / que todos debían cumplir / mas no la puedo decir / pues
secreto prometieron” ¿Cuál sería esa
promesa, ese acuerdo al que llegaron los tres jóvenes y Martín Fierro?
Marechal nos dice que ellos marchan hacia los
cuatro puntos cardinales en una actitud misional. La misión seguramente estaba
dirigida al rescate del ser nacional y a su restitución en el escenario de la
historia argentina como único protagonista de su destino.
Leopoldo Marechal, vivió él mismo el drama del
exilio interno por su adhesión al peronismo, ya que fue marginado de todos los
circuitos culturales después del golpe de Estado que determinó la caída del General Perón.
Nació en Buenos Aires en 1900 y murió en 1970,
y de su extensa bibliografía que abarca obras de poesía, novelas, ensayos y teatro, destacamos
una de las obras fundamentales de la narrativa argentina: "Adán Buenosayres". La obra de Marechal, abarca uno de los momentos más
lúcidos de la producción literaria argentina y se constituye en la
representación de un escritor preocupado por una materia que nos hace falta
cultivar ahora como nunca: el arte de ser argentinos integrantes de la Patria
Grande Latinoamericana.
Fuente: “SIMBOLISMOS DEL MARTÍIN FIERRO” de
Leopoldo Marechal - SUELO SANTAFESINO -
2001 (Año 1 - Nº 1) Revista de la Subsecretaría dela Provincia de
Santa Fe



