Puntualmente, la presente contribución intenta dar cuenta de manera específica de las estrategias de abordaje de la problemática del Covid-19 por los medios de comunicación (T.V., radios, diarios, redes sociales, etc.) indagando la tendencia general del discurso me-diático, articulando los enunciados que sostiene este discurso con el concepto de verdad.
Entonces, se hace necesario explicitar que entendemos por ver-dad, término en desuso y cada vez más vilipendiado en la sociedad actual.
Concebimos la verdad, en principio, como un valor que en la época actual es referido como un dato relativo e incluso intrascendente. Es que la verdad no genera ganancias económicas y la lógica de su revelación no se ajusta convenientemente al modo de comprender la existencia que orienta cotidianamente nuestra mirada donde es crucial aprovechar el tiempo para lograr un mayor patrimonio y no para saber acerca de cómo nos relacionamos con el otro.
La verdad es por definición social; no hay verdad individual ya que para constituirse necesita del lenguaje y de los discursos que en cada momento histórico establecen lo posible y lo imposible a la hora de entender la realidad, siendo lo verdadero (esto es lo más importan-te) aquello que subvierte en este diseño epocal político, económico y fundamentalmente discursivo toda concepción que sustente el sometimiento social.
La verdad es, como tal, subversiva y desbarata todo enunciado que se pretenda hegemónico, la verdad se despliega en la sublevación al dogma dominante.
Si bien es imposible acallar la verdad, cuando no se la puede leer inteligentemente (la falta de inteligencia es el motivo más grave del fracaso de las causas más nobles) irrumpe produciendo angustia y desorientación.
Abordando puntualmente el tema de los medios de comunicación y sus maniobras informativas respecto del Coronavirus, el trabajo fundamental que ellos realizan es el de distraernos de la verdad. Operación de escamoteo que se evidencia (salvo escasísimas y perseguidas excepciones) en el carácter natural, incuestionado e inmodificable (tanto en medios progresistas como en conservadores) que se le otorga al hecho de que las consecuencias del accionar del virus van a recaer sobre la clase trabajadora y los desocupados.
Pareciera que para la enorme masa de comunicadores es una ley de la naturaleza o un mandato divino que las clases más desposeídas son las que deben pagar las consecuencias de la pandemia, omitiendo sistemáticamente que si colapsan los sistemas de salud, aumenta el desempleo y crece la pobreza no es por la irrupción de la existencia de un virus, sino por la históricamente injusta distribución de la riqueza y el ingreso y que la pandemia sólo hace más evidente un estado de cosas ya existente.
Estamos en una situación de urgencia global, en vez de acallar el hecho de la obscena distribución de la renta naturalizando los efectos de la monstruosidad que esto implica ¿no sería acaso mucho más “sano” plantear que quienes se benefician y se beneficiaron con la explotación y la usura paguen las consecuencias del hambre y el “parate” de la producción debido a la cuarentena?
Los medios de comunicación en su tendencia general y por su odio a la verdad dirigen el sentido de su discurso a acentuar que quienes siempre se sacrificaron con su trabajo en beneficio de las ganancias de otros ahora deben sacrificarse mucho más debido a las contingencias presentes.
Incluso quienes se presentan más cercanos a ideas de izquierda hablan de un impuesto a los ricos que por ejemplo decantaría en mejoras para el servicio de salud, pero no discuten el carácter mercantilista, parasitario y negligente de ese sistema. Si funcionase el sistema de salud en pos de la salud y no de las ganancias de unos pocos se podría solventar eficazmente los gastos necesarios para prevenir y contener los efectos del Covid-19 sin necesidad de apelar a “millonarios solidarios”, oxímoron que muestra hasta qué punto la ingenuidad es la mentira con pereza de pensamiento.
En articulación con lo anterior pueden observarse (especialmente en la televisión) mensajes cargados de “indignación selectiva”: periodistas, conductores y animadores que se indignan porque un trabajador salió de su casa a realizar una “changa” pero se le otorga un espacio de tiempo y de atención infinitamente menor cuando una empresa multinacional decide expulsar a buena parte de sus emplea-dos, acción inconmensurablemente más grave en términos de salud (si es que eso les interesa) que la primera.
Dicho sea de paso, quién se ofusca por la “violación de la cuarentena” lo hace desde un estudio de televisión, lo cual implica que también salió de su casa, pero sabemos que quién tiene más poder de opinar (en esta lógica hipócrita mediática) tiene más razón.
En este sentido, la búsqueda de “chivos emisarios” es un conocido mecanismo estudiado por la psicología social donde a alguien se le adjudica la causa de un complejo entramado de problemáticas, operación que se efectúa en función de “no querer saber” acerca de la ver-dad en juego que atraviesa el tejido social en lo concerniente a de-terminados temas que es preciso callar para que todo siga igual y sin cambios.
Como podrá observarse mi análisis se centró en cómo se aborda el tema que nos ocupa tomando como eje los medios de comunicación y su adicción a la mentira.
Esta limitación en el análisis (sólo hablamos de cómo se natura-liza la mentira cuando se habla del virus y como se degrada el valor de la verdad en este mecanismo) me parece digno de ser acentuado, ya que también la omnipotencia de la posición mediática con los “opinó-logos” de turno a la cabeza que hablan de todo: medicina, infectología, economía, política, sociología, etcétera, sin saber de nada, es algo que también nos aleja de la verdad, ya que la verdad no habla de lo que no sabe…

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